miércoles, 9 de mayo de 2012

Prólogo (parte 1)


Me preguntaba anoche, mientras veía un capítulo de Anatomía de Grey, por qué hay tanta gente que se echa las manos a la cabeza cada vez que se publica un informe sobre la baja calidad de la enseñanza española. De repente los periódicos se inundan de alusiones a rankings, a modelos extranjeros, a la ineficacia de las reformas y la ineficiencia de los políticos, a la pasividad de los estudiantes, a la ansiedad de los profesores.
Sin embargo, existe una realidad mucho más antigua que nunca trasciende: la de los estudiantes de doctorado que son, posiblemente, el colectivo con menor índice de fracaso escolar y, paradójicamente, con la mayor tasa de abandono. Haciendo cuentas, yo calculo así a ojo que mientras el 99’9 % de los doctorandos pasan sus pruebas de manera satisfactoria, solo el 0’01 % concluye sus estudios. Estas cifras, por supuesto, no tienen base científica alguna y me las acabo de sacar de la manga: de la manga de la toga que nunca vestí porque yo también abandoné el barco antes de tiempo.

Como decía, anoche, en Anatomía de Grey, los guionistas se preguntaban cómo habría sido la vida en el Seattle Grace si la madre de Grey no hubiese muerto. Esa es seguramente la gran pregunta que ha atormentado al Hombre desde la invención de la rueda: ¿qué habría pasado si…?
Qué habría pasado si yo hubiera seguido adelante con mis estudios es algo que yo mismo me planteo cada primavera, cuando la astenia estacional me sume en esta especie de desazón existencial por culpa de los sobresaltos hormonales. La respuesta, que no llegará jamás, se me antoja siempre más apetecible que un presente que inevitablemente dibujo como un devenir catastrófico. Digo esto porque yo creía que si no podía alimentar el intelecto por lo menos podría engordar el bolsillo. Esto tampoco ha ocurrido. En su defecto, me he convertido en unos de los 5 millones de parados que hay en España. Tampoco es mal plan…

Una amiga me decía hace poco en una sesión de coaching que yo no necesito un trabajo, sino 60.000 € para poder retomar mis estudios sin tener que preocuparme por alquileres, comidas y otras nimiedades. Mientras llega ese momento, me propongo en este espacio suplir una carencia que a veces me produce un cierto grado de congoja y que puede describirse recurriendo a un millar de imágenes comunes como la de coger un tren, atrapar una liebre al vuelo a abrir la boca mirando al cielo a la espera de que caiga la breva. La idea, como decía, doctorarme en mis cosas y en mis labores ante un público desconocido que me ponga trabas y me sirva de excusa para confeccionar una agenda.