Me preguntaba anoche, mientras
veía un capítulo de Anatomía de Grey, por
qué hay tanta gente que se echa las manos a la cabeza cada vez que se publica
un informe sobre la baja calidad de la enseñanza española. De repente los
periódicos se inundan de alusiones a rankings,
a modelos extranjeros, a la ineficacia de las reformas y la ineficiencia de los
políticos, a la pasividad de los estudiantes, a la ansiedad de los profesores.
Sin embargo, existe una realidad
mucho más antigua que nunca trasciende: la de los estudiantes de doctorado que
son, posiblemente, el colectivo con menor índice de fracaso escolar y,
paradójicamente, con la mayor tasa de abandono. Haciendo cuentas, yo calculo
así a ojo que mientras el 99’9 % de los doctorandos pasan sus pruebas de manera
satisfactoria, solo el 0’01 % concluye sus estudios. Estas cifras, por
supuesto, no tienen base científica alguna y me las acabo de sacar de la manga:
de la manga de la toga que nunca vestí porque yo también abandoné el barco
antes de tiempo.
Como decía, anoche, en Anatomía de Grey, los guionistas se
preguntaban cómo habría sido la vida en el Seattle Grace si la madre de Grey no
hubiese muerto. Esa es seguramente la gran pregunta que ha atormentado al
Hombre desde la invención de la rueda: ¿qué
habría pasado si…?
Qué habría pasado si yo hubiera
seguido adelante con mis estudios es algo que yo mismo me planteo cada
primavera, cuando la astenia estacional me sume en esta especie de desazón
existencial por culpa de los sobresaltos hormonales. La respuesta, que no llegará
jamás, se me antoja siempre más apetecible que un presente que inevitablemente
dibujo como un devenir catastrófico. Digo esto porque yo creía que si no podía
alimentar el intelecto por lo menos podría engordar el bolsillo. Esto tampoco
ha ocurrido. En su defecto, me he convertido en unos de los 5 millones de
parados que hay en España. Tampoco es mal plan…
Una amiga me decía hace poco en
una sesión de coaching que yo no necesito
un trabajo, sino 60.000 € para poder retomar mis estudios sin tener que
preocuparme por alquileres, comidas y otras nimiedades. Mientras llega ese
momento, me propongo en este espacio suplir una carencia que a veces me produce
un cierto grado de congoja y que puede describirse recurriendo a un millar de
imágenes comunes como la de coger un tren, atrapar una liebre al vuelo a abrir
la boca mirando al cielo a la espera de que caiga la breva. La idea, como decía,
doctorarme en mis cosas y en mis labores ante un público desconocido que me
ponga trabas y me sirva de excusa para confeccionar una agenda.
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